Cuentos del abuelo II. La tortilla de patatas.

 Julián se levantó, como casi todas las mañanas, con las primeras luces del alba. El frío de la montaña se colaba por la puerta entreabierta para ventilar, pero él, curtido por los años, apenas lo notaba. Se acercó a la chimenea, donde aún quedaban rescoldos de la noche anterior, y avivó el fuego con un par de hábiles soplos. Se enfundó en su vieja chaqueta de lana y salió al porche, donde el aire era aún más gélido, pero la vista del valle despertando era impagable. Inspiró profundamente, llenando sus pulmones con el aroma a pino y tierra húmeda, un perfume que lo anclaba a su esencia, a su individualidad.

De vuelta en la cabaña, mientras el fuego crepitaba alegremente, preparó un desayuno frugal: pan duro, queso de cabra y un café aguado. Comió con parsimonia, disfrutando del silencio y la soledad del amanecer. Cuando el sol ya despuntaba por encima de las montañas, con pasos firmes, se dirigió a la habitación donde dormían sus nietos. Los observó un instante, con una sonrisa que surcaba su rostro curtido. «Eran buenos chicos, curiosos y llenos de vida, aunque un poco blandos, acostumbrados a las comodidades de la ciudad, necesitaban una buena dosis de naturaleza salvaje», pensó. Los tres dormían profundamente, acurrucados bajo unas mantas de lana.

—Arriba, holgazanes —dijo con voz ronca—. El día nos espera y hay mucho por hacer.

Los niños se despertaron con los ojos legañosos y el pelo revuelto, pero enseguida se animaron al oler el desayuno. Se sentaron a la mesa y devoraron el pan y el queso con avidez.

—Abuelo, ¿hoy vamos al pueblo? —preguntó uno de los nietos.

—Sí, hoy toca ir al mercado —respondió Julián—. Necesitamos provisiones para la cena. ¿Qué os parece si esta noche cenamos tortilla de patatas?

—¡Sí! —exclamaron los niños al unísono.

Tras un desayuno rápido, se pusieron en marcha para ir al pueblo, un pequeño conjunto de casas apiñadas en el valle. Se abrigaron bien, pues el frío de la montaña era intenso, y se pusieron en camino. El sendero que conducía al pueblo era estrecho y serpenteante, pero los niños lo recorrían con alegría, correteando y jugando entre los árboles.


Al llegar al pueblo, se dirigieron al mercado. Los niños, entusiasmados con la idea de participar, se lanzaron a recorrerlo en busca de los productos necesarios. Julián, mientras tanto, los contemplaba con una sonrisa. Compraron patatas, huevos y aceite de oliva. También compraron un poco de pan fresco y algo de fruta.

Como ya era mediodía, y el paseo les había abierto el apetito, decidieron almorzar en una pequeña taberna del pueblo. Pidieron un plato de guiso caliente y unas rebanadas de pan con tomate. El calor del fuego y la comida reconfortante les sentaron de maravilla.

Con el estómago lleno y las alforjas repletas de provisiones, emprendieron el regreso a la cabaña. El camino de vuelta se les hizo más corto, animados por la conversación y las risas.

Al llegar a la cabaña, Julián se puso manos a la obra con la tortilla de patatas. Mientras él cocinaba, los niños jugaban en el bosque, respirando el aire puro y disfrutando de la libertad de la naturaleza. El aroma a patatas fritas y cebolla dorándose en aceite de oliva se extendía por la cabaña, despertando el apetito de los niños.

Al caer la tarde, la tortilla de patatas estaba lista. Julián la sirvió en la mesa, acompañada de pan y fruta.
Los niños comieron con gusto, saboreando cada bocado.

Esa noche, después de cenar, se reunieron alrededor del fuego. Compartieron la satisfacción del trabajo en equipo, el placer de los sabores auténticos y la alegría de estar juntos, en armonía con la naturaleza y consigo mismos. Y, llegó la esperada historia de su abuelo.

—Bueno, niños, ¿qué os parece si hoy os cuento la historia de lo que hemos cenado? La tortilla de patatas —dijo el abuelo.

—Siiiiiiiii, bieeeen —contestaron simultáneamente.

—Vamos allá —empezó el anciano.

—Todo empezó en un pequeño pueblo, hace mucho tiempo. No se sabe a ciencia cierta cuánto, pero sí sabemos que en esa época, en lugar de teléfonos, se usaban palomas mensajeras, la mayoría más bien gorditas por el poco ajetreo que tenían. Y, en lugar de internet, las consultas se hacían preguntando a gritos de ventana en ventana. El señor Potato tenía una pequeña parcela; un labrador con una saliente barriga y unos bigotes tan grandes que le servían para limpiarse el sudor de la cara.

—Ji, ji —rió Jaimito, el menor de los hermanos.

—Continuemos —siguió el abuelo—. Un buen día cogió un sombrero de paja deshilachado, con agujeros por todos lados, una azada oxidada y empezó a pelearse con la tierra como Don Quijote con los molinos. Inició la plantación de patatas, una a una, con mucha delicadeza, como un elefante en un supermercado de pasillos estrechos. A cada una le susurraba ánimos y les prometía con cariño un gran destino.

Julián se detuvo un instante y agradeció que los niños siguieran con atención su relato.

—No muy lejos de allí había una granja. Su propietario, Adriá, con cabeza rapada como la de un monje budista, mirada penetrante y nariz prominente, se creía un hechicero de la cocina. Pero de momento se tenía que conformar con su gallinero. Claudio, el gallo, se pasaba el día correteando tras las gallinas, animándolas a poner huevos. La mejor gallina era Turuleca, una gallina imponente, rolliza y coqueta, que se paseaba por el gallinero como un hipopótamo en patines. Ponía los mejores huevos y los ponía con tanta fuerza que salían disparados como proyectiles, siempre apuntando a Claudio, que esquivaba como podía el posible impacto.

El viejo hizo un pequeño descanso. Avivó el fuego con lentitud y gozó viendo a sus nietos expectantes y ansiosos por que prosiguiera narrando.

—Entre ellos dos vivía Olivia —reanudó el cuento Julián—. Olivia era una mujer fuerte y luchadora, tanto que manejaba mejor la vara del olivo que un ninja una catana. En su olivar, ella misma se ocupaba de la recolección, de transportar las aceitunas a la almazara y de sacrificarlas en la prensa. Todo con una finalidad: obtener el aceite.

—No te pares, abuelo —dijo Jorgito, el mediano.

El anciano se había parado un momento para tomar un sorbo de agua. Cogió su cachimba, le confortaba tenerla entre sus manos, y siguió hablando.

—Por fin, llegó el día de la cosecha. Potato llegó al lugar donde había sembrado las patatas y vio que estaban listas para la recolección. Con sus manos, del tamaño de una pala excavadora, empezó a sacar las patatas, una a una, tal como las había sembrado. Los tubérculos fueron presa del pánico al ver cómo eran arrancados, sin piedad, de la tierra. Potato, ajeno al drama de las patatas, se sintió orgulloso de ellas. Las metió a todas en un saco y pensó: «este sábado, voy a ser la envidia en el mercado».

—Venga ya, estamos impacientes, abuelo —comentó el mayor de los hermanos, Juanito.

—El sábado, en el mercado, coincidieron los tres protagonistas de nuestra historia: Potato con sus patatas, Adriá, vanagloriándose, como si los hubiera puesto él, de los huevos de su gallina Turuleca, y Olivia, alabando las virtudes y aromas de su aceite.

—¿Cuándo viene la tortilla? —preguntó el mediano.

Sin interrumpirse, continuó Julián: —Adriá, que era muy aficionado a realizar experimentos culinarios, les propuso reunirse para cenar en su casa. Eso sí, les puso una condición: que cada uno llevara lo mejor de sus productos. Olivia, su aceite; Potato, sus patatas, y él pondría los famosos huevos de Turuleca. Así fue como se reunieron los huevos, las patatas y el aceite.

—Llegó el día de la cena y los tres amigos se reunieron en casa de Adriá —dijo el abuelo con un tono misterioso, guiñando un ojo a sus nietos—. Un lugar que más que una casa parecía un laboratorio de experimentos raros. Había frascos con cosas flotando, ollas con líquidos burbujeantes y un olor que no se sabía si era a comida o a experimento científico fallido.

—Bufff… —exclamaron los tres niños al unísono.

—Adriá, con un delantal manchado de quién sabe qué, empezó a dar órdenes como un general en plena batalla: "¡Potato, pela las patatas! ¡Pero con cuidado, que no se rompan, que luego no hay quien las fría!". Potato, con sus manazas, pelaba las patatas con un cuchillo jamonero que parecía más apropiado para cortar leña, sudando a chorros y con los bigotes llenos de cáscaras. Las pobres patatas, ya traumatizadas por su secuestro de la tierra, sufrieron otro ataque de pánico al ver aquel cuchillo gigante acercándose a ellas. "¡Olivia, el aceite!", gritaba Adriá. Olivia frió las patatas en una sartén gigante, donde nadaban en aceite como si estuvieran en una piscina olímpica. Olivia observaba el aceite, con orgullo, como una madre viendo a su hijo ganar una medalla.

— "¡Y ahora, los huevos!", vociferaba Adriá con entusiasmo. Con la concentración de un monje shaolin, cascó los huevos de Turuleca. Los huevos, enormes y resistentes, parecían de avestruz. Adriá tuvo que usar un martillo para abrirlos, y las yemas salieron disparadas como pelotas de tenis, manchando las paredes de la cocina. —continuó el abuelo, imitando las voces y los movimientos de los personajes, haciendo reír a carcajadas a sus nietos.

—¡Por fin! ¡La tortilla! —gritó Jorgito, dando saltos de alegría.

—Abuelo, ¡qué divertido! —gritó Jaimito, secándose las lágrimas de la risa.

—Abuelo, ¡sigue, sigue! —pidió Juanito, con los ojos brillantes de emoción.

—Finalmente, Adriá mezcló las patatas fritas con los huevos batidos, creando una masa espesa y dorada. Con un movimiento maestro, volcó la tortilla en la sartén, creando un sonido que resonó por toda la casa. La tortilla, esponjosa y dorada, parecía un sol radiante en el plato.

—Los tres amigos se sentaron a la mesa, con la boca hecha agua. Adriá, orgulloso de su creación, cortó la tortilla en porciones generosas. El aroma que desprendía era tan delicioso que incluso las gallinas del corral se asomaron a la ventana, con la esperanza de conseguir un trocito.

—Y así, niños, fue como nació la tortilla de patatas, un plato que, a pesar de sus orígenes accidentados, se convirtió en uno de los más populares de nuestra gastronomía.

Llegó la hora de dormir. Los niños, aún sonrientes, se acostaron cansados pero felices. Julián los arropó con cariño y les dio un beso de buenas noches.

—Que descanséis —dijo Julián—. Mañana nos esperan nuevas historias.



El Médano, 13 de noviembre de 2024











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