"Houston, tenemos un problema"

 

El reloj, de la vieja fachada del ayuntamiento, marcaba las diez. Tenía tiempo suficiente de llegar antes del almuerzo a la casa de campo. Allí le esperaba su amada, Isa, y podrían pasar todo el fin de semana juntos, entre sábanas de algodón, y rodeados de naturaleza.


Poco después del mediodía tomó la bifurcación que llevaba hasta la vivienda. Conforme se iba aproximando, se le aceleraba el pulso. Cuando divisó la entrada principal, notó algo raro. La puerta estaba entreabierta y no veía el coche de Isa. Se bajó de su vehículo y atravesó el umbral, tan precipitadamente que no vio la maleta, tropezó con ella y estuvo a punto de perder el equilibrio. Esta se abrió con el impacto y pudo ver en su interior la ropa de la fémina. La buscó por la estancia sin resultados. Salió al exterior gritando su nombre y solo consiguió acallar el canto de los pájaros y aumentar el susurro del viento. Abatido, entró de nuevo en la casa y se sentó intentando pensar.


Estaba, como ausente, en el sillón, cuando un graznido lo sobresaltó. Un cuervo acababa de escapar por la ventana de la cocina. Se dirigió hacia esta con la intención de cerrarla, cuando se percató de una estrecha puerta en la pared adyacente, que daba acceso a un pequeño armario empotrado. Aún seguía dándole vueltas a la cabeza, intentando poner algo de orden en sus ideas, cuando de manera inconsciente la abrió. El sobresalto fue mayúsculo, retrocedió de manera atropellada hasta chocar contra la encimera. Tras un leve respiro, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y se dirigió lentamente hasta el pequeño trastero. Allí, erguido junto al tabique, en el lugar de la escoba, se encontraba el cuerpo de una persona. Volvió a retroceder, ahora más lentamente, con la mirada fija en la figura inmóvil.

Llegó a pensar que se trataba de un maniquí, cuando un vistazo mas detallado le confirmó que se trataba de un cuerpo humano. Se acercó, despacio, le miró la cara y comprobó si tenía signos vitales. No había duda, era un fiambre. Cerró la puerta, poco a poco, para no molestar al cadáver. Era un completo desconocido, no recordaba haberlo visto nunca. ¿Qué hacía en ese lugar? ¿porqué no estaba su pareja?, ¿qué había sucedido?, ¿lo habían matado? Demasiadas preguntas.

Eran las tres de la tarde y seguía dando vueltas por la habitación como loco. Se acordó de Tom Hanks en Apolo 13. Houston, tenemos un problema. Pero, él tenía dos Isa y el difunto.

Encendió un cigarrillo intentando calmarse, exhaló humo, y se acercó a la ventana. Estaba pensativo intentando encontrar respuestas. El sonido de un timbre de teléfono lo desconcentró. Parecía venir del cuartucho en el que se hallaba el muerto, fue hacia el lugar donde sonaba y se detuvo frente a la puerta, no se atrevió a descerrarla. El teléfono dejó de sonar. Aspiró el cigarro con más fuerza, dando una última calada, y lo arrojó al suelo, estrujándolo bajo sus pies.

Seguía sin noticias de la mujer, pero había estado allí. Los objetos de la maleta eran suyos. No tenía ni la más puñetera idea de qué podía haber pasado con ella, y si el individuo del trastero había tenido algo que ver. Puso la radio, en ese momento, estaba sonando el réquiem Pie Jesu de Gabriel Fauré, nada más apropiado. Se estaba tomando el segundo vaso de ginebra, cuando volvió a sonar el celular. Esta vez decidió cogerlo, para ver si averiguaba algo, no llegó a tiempo. Más calmado se detuvo frente al cadáver, este había sido un tipo de complexión normal, moreno, de un metro setenta de estatura, más o menos, y vestido con un discreto traje gris. Se arriesgó a registrarlo. No encontró nada que lo pudiera identificar, salvo una tarjeta de visita que ponía “Pepe Grillo y Asociados, investigadores privados”, una dirección de correo electrónico y un número de teléfono. En un bolsillo interior se encontraba el teléfono, lo cogió, quería tenerlo cerca, estaba decidido a contestar si volvían a llamar. Siguió buscando entre las ropas del fallecido y encontró un pequeño revólver Smith & Wesson Modelo 60, de calibre 38. Sin saber por qué, se lo guardó precipitadamente.


Miró el reloj, la pantalla digital mostraba las 17:05. Pensó que tenía que averiguar algo mas del individuo que se encontraba en el trastero. Una buena opción era saber si su nombre era el que aparecía en la tarjeta. Cogió su móvil y el marcó el número que ponía. Esperó, nervioso, a que diera el tono y lo cogieran al otro lado.

Diga, ¿en qué podemos ayudarle? contestó una voz de mujer.

Quisiera hablar con Pepe Grillo.

Le puedo preguntar sobre qué.

Guardó un momento de silencio, mientras pensaba, antes de continuar. Es sobre la misteriosa desaparición de una mujer

En este momento está ocupado, pero si me deja su número, se pondrá en contacto con usted antes de marchar.

De acuerdo, le dejo mi número.

¿Por quién pregunta?

Dígale que ha llamado Juan no pasa nada por dar mi nombre, hay muchos Juan, pensó. Espero su llamada.


Bien, al menos, ya sabía que el fiambre no se llamaba Pepe Grillo. Pero eso no servía de mucho. Reflexiono sobre la conveniencia de llamar a la policía. No le convenció la idea. Le acosarían a preguntas, y se sabría que estaba en un lugar donde no debería hallarse. Además, podría parecer sospechoso, y el lunes debía continuar con su monótona vida. Se estaba arrepintiendo de haber realizado la llamada, de comentar la desaparición de una mujer, y sobre todo, de dar su número de teléfono y pedir que le devolvieran la llamada. Tenía que abandonar la casa. Con los nervios iniciales no había sacado sus cosas del coche, debía limpiar sus huellas y salir pitando. Actuar como si no hubiera estado nunca en ese lugar. Vamos a ver, recapacitemos se dijo. Me puede haber visto alguien llegar, están las huellas de coche y se puede quedar alguna huella sin limpiar, con lo cual sería el primer sospechoso. Y, si no, adiós a mi actual vida. Daba vueltas a todo eso cuando sonó su teléfono. Lo cogió. Eran cerca de las siete de la tarde.

Dígame.

Soy el señor Pepe Grillo, me ha llamado usted antes. Creo que era algo sobre la desaparición de una mujer.

se quedó cavilando durante un instante, que le pareció eterno, pero creo que ya está localizada mintió.

Muy bien, mejor así. De todas formas esos asuntos los lleva mi hijo, le dejo el número por si acaso desea ponerse en contacto con él hizo una pausa y contin. Aunque he de decirle que no sé dónde anda, llevo un día queriendo hablar con él y no me coge el teléfono. A ver si usted tiene mas suerte. De todas formas puedo geolocalizarlo.

Gracias, tomo nota dijo—, y colgó el teléfono en un estado de excitación que iba en aumento.

«No puede ser, no, no puede ser». Llamó al número que le habían proporcionado en la agencia. Enseguida sonó el móvil del cadáver. Comprobó que en la pantalla aparecía su número de teléfono.

Se puso histérico, bebió dos grandes tragos más de ginebra, se recostó en la pared y se encendió un cigarrillo con manos temblorosas.



Cra, cra, cra; el sonido de unos cuervos en el alféizar de la ventana lo sacó de su ensimismamiento. Estos miraban fijamente al lugar donde se encontraba el finado. «Mal presagio». Tenía que actuar ya. Decidió deshacerse del muerto y de las cosas de la mujer, tenía que ver cómo y cuándo. Se decantó por llevarse las posibles pruebas lejos y, si encontraba un pico y una pala, enterrarlos en algún lugar de un bosque. Esperaría a que anocheciera y los metería en el coche aprovechando la oscuridad.

Ya eran las ocho y media de la tarde cuando se aprestó a buscar las herramientas necesarias. Debía preparar el cuerpo y la maleta para realizar la tarea prevista. Una vez todo listo, quiso esperar a que fuera noche más cerrada; estaría más oscuro y evitaría posibles miradas.


Acalorado, se asomó a la ventana de la fachada principal, con un cigarro humeando en una mano y la botella de ginebra en la otra. Esperaba el momento oportuno para cargar el maletero y poner tierra de por medio. Eran las doce menos cuarto de la noche cuando oyó el ruido de un vehículo acercándose. Tenía las características luces azules de la policía en encendidas, centelleantes en sus giros regulares, pero sin hacer sonar las sirenas. «Ahora sí que estoy fastidiado», eso no entraba en su plan, le entraron dudas. De pronto, palpó la culata del pequeño revólver en su bolsillo, la tomó con fuerza.

Observó cómo se apeaban del vehículo tres hombres, uno de paisano y otros dos uniformados. Se dirigieron a la puerta. Ding-dong, sonó el timbre. Silencio. Bang. En la calma de la noche, se percibió el sonido de un disparo en el interior de la casa . De Isa nunca se supo.


Los planes pueden no salir como se piensa.



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